martes 6 de noviembre de 2007

Adiós.

Acabas de colgar y decir adiós. Y se me abalanza el silencio. Uno profundo, uno hiriente y castigador. Me envuelve, me atrapa, me invade. Entra por mi boca, me aprieta el pecho y no encuentro salida. Ensordezco, enmudezco y clavo la mirada en un muro, donde veo aparecer tu nombre para luego ser testigo de su desvanecimiento como si se tratara de un malicioso truco de magia. Y me quedo aguardando un instante, quieto, muy quieto, mudo, como muerto. No quiero alertar a nadie, no deseo compasión lastimera, no quiero delatarme como un animal herido y abandonado. Y espero que solo sea un engaño, una pesadilla, un deliro mas en mi atormentada forma de vivir.
Y espero que vuelvas a llamar y en ello se me pasan las horas, el día y la noche. Y no sucede. Y te busco por toca la casa.
Reviso cada lugar como si jugaras a esconderte y no te encuentro. Sin embargo, huelo tu perfume y me arrastro sigilosamente para intentar sorprenderte. Y por más que te respiro en cada espacio, no estás. Y mis brazos se vuelven inútiles pues al querer alcanzarte se enredan de forma estúpida.
Y me invade la frustración y la angustia.
Y la realidad me golpea el rostro. Y me doy cuenta que te has despedido para siempre, sin retorno, sin misericordia. Y tu rostro se adhiere en mi frente. Y tus manos escapan de las mías. Y me quedo recordando tu saber de tu último beso cuando juraste que me amarías por siempre. Y entiendo que nada es para siempre, menos el amor, donde siempre acecha el terror, la traición y el dolor.
Y tu adiós se apodera de mi cuerpo. Tiemblo, sudo y pierdo la orientación. La tristeza se agiganta y me aplasta, me devora sin sutilezas ni miramientos de ningún tipo y me deja botado en un rincón, sin fuerzas de voluntad, disponible para el festín de las aves carroñeras o para ser arrojado a un cajón.
Y reina la desolación, una grande, una que termina abatiéndome.
Y me quedo solo, perdido en mi propio destino, sin lograr despegar mi boca del suelo, imaginando ilusamente poder amarte en mis sueños.