Solo esperar que me vaya bien ese día. Estar lo mas tranquilo posible y confiar en los conocimientos.
gracias a todos. espero no desepcionarlos.
los quiero a todos.
viernes, 30 de noviembre de 2007
viernes, 16 de noviembre de 2007
Caìda libre.
Si me miras a los ojos verás los de un animal abandonado, maltratado y desesperanzado, los de un perro apaleado y hambriento y que por ello, al mismo tiempo puede tornarse violento, peligrosamente violento.
Sin embargo, no busco pelea, venganza ni compasión. Tampoco busco razón donde no la hay.
Preso de mis recuerdos y frustraciones caigo en un estado de angustia interior, donde nada parece importar más que levantarse por las mañanas y no dejar de respirar.
Ni siquiera tu cuerpo, ni las fantasías de saborearlo una y otra vez, de noche, de madrugada, a cualquier hora y lugar, lograr reanimar a este difunto. Ni siquiera el olor de tu piel consigue entusiasmarme para que bese tu cuerpo y deje avanzar mis manos sobre tus pechos.
Encerrado en mi habitación pierdo la noción del tiempo. Ignoro qué día es y no deseo saberlo. Temo que el conocimiento del paso de las horas y los números del calendario me señalen con certeza la cuenta regresiva. Prefiero hacerme el distraído y tratar de engañar a mi propia conciencia.
Espero tener más suerte en esta misión que la última vez que jugué a los dados con Dios, ocasión en la que perdí rotundamente. Luego, supe que para desafiar a Dios hay que hacerlo con dados cargados. Y es que sin ventaja no se puede intentar ganar.
Y si todo esto te parece locura, ella me parece una condición fascinante. Esto no es un desquicio en si mismo, pues se me presenta cono un escenario favorable en medio me la miseria y tristeza mas aguda de la condición humana.
La locura no sabe a derrota ni traición. La locura abraza con fuerza como una madre que ama profundamente a su hijo. La locura te toma de la mano y te conduce por insospechados caminos en los que da lo mismo ir con los ojos abiertos o cerrados. La realidad tangible se vuelve imperceptible y no sabes si es mejor reír o colocarse a llorar. Es simplemente una caída libre y el límite es el mismo suelo, contra el que temprano o tarde tendrás que estrellarte sin volver a reincorporarse nunca más.
Si estas palabras te molestan y te saben a lejanía, mejor sigue de largo y no las repases. Mejor ocupa tu tiempo en comprar y murmurar.
Sin embargo, no busco pelea, venganza ni compasión. Tampoco busco razón donde no la hay.
Preso de mis recuerdos y frustraciones caigo en un estado de angustia interior, donde nada parece importar más que levantarse por las mañanas y no dejar de respirar.
Ni siquiera tu cuerpo, ni las fantasías de saborearlo una y otra vez, de noche, de madrugada, a cualquier hora y lugar, lograr reanimar a este difunto. Ni siquiera el olor de tu piel consigue entusiasmarme para que bese tu cuerpo y deje avanzar mis manos sobre tus pechos.
Encerrado en mi habitación pierdo la noción del tiempo. Ignoro qué día es y no deseo saberlo. Temo que el conocimiento del paso de las horas y los números del calendario me señalen con certeza la cuenta regresiva. Prefiero hacerme el distraído y tratar de engañar a mi propia conciencia.
Espero tener más suerte en esta misión que la última vez que jugué a los dados con Dios, ocasión en la que perdí rotundamente. Luego, supe que para desafiar a Dios hay que hacerlo con dados cargados. Y es que sin ventaja no se puede intentar ganar.
Y si todo esto te parece locura, ella me parece una condición fascinante. Esto no es un desquicio en si mismo, pues se me presenta cono un escenario favorable en medio me la miseria y tristeza mas aguda de la condición humana.
La locura no sabe a derrota ni traición. La locura abraza con fuerza como una madre que ama profundamente a su hijo. La locura te toma de la mano y te conduce por insospechados caminos en los que da lo mismo ir con los ojos abiertos o cerrados. La realidad tangible se vuelve imperceptible y no sabes si es mejor reír o colocarse a llorar. Es simplemente una caída libre y el límite es el mismo suelo, contra el que temprano o tarde tendrás que estrellarte sin volver a reincorporarse nunca más.
Si estas palabras te molestan y te saben a lejanía, mejor sigue de largo y no las repases. Mejor ocupa tu tiempo en comprar y murmurar.
martes, 6 de noviembre de 2007
Adiós.
Acabas de colgar y decir adiós. Y se me abalanza el silencio. Uno profundo, uno hiriente y castigador. Me envuelve, me atrapa, me invade. Entra por mi boca, me aprieta el pecho y no encuentro salida. Ensordezco, enmudezco y clavo la mirada en un muro, donde veo aparecer tu nombre para luego ser testigo de su desvanecimiento como si se tratara de un malicioso truco de magia. Y me quedo aguardando un instante, quieto, muy quieto, mudo, como muerto. No quiero alertar a nadie, no deseo compasión lastimera, no quiero delatarme como un animal herido y abandonado. Y espero que solo sea un engaño, una pesadilla, un deliro mas en mi atormentada forma de vivir.
Y espero que vuelvas a llamar y en ello se me pasan las horas, el día y la noche. Y no sucede. Y te busco por toca la casa.
Reviso cada lugar como si jugaras a esconderte y no te encuentro. Sin embargo, huelo tu perfume y me arrastro sigilosamente para intentar sorprenderte. Y por más que te respiro en cada espacio, no estás. Y mis brazos se vuelven inútiles pues al querer alcanzarte se enredan de forma estúpida.
Y me invade la frustración y la angustia.
Y la realidad me golpea el rostro. Y me doy cuenta que te has despedido para siempre, sin retorno, sin misericordia. Y tu rostro se adhiere en mi frente. Y tus manos escapan de las mías. Y me quedo recordando tu saber de tu último beso cuando juraste que me amarías por siempre. Y entiendo que nada es para siempre, menos el amor, donde siempre acecha el terror, la traición y el dolor.
Y tu adiós se apodera de mi cuerpo. Tiemblo, sudo y pierdo la orientación. La tristeza se agiganta y me aplasta, me devora sin sutilezas ni miramientos de ningún tipo y me deja botado en un rincón, sin fuerzas de voluntad, disponible para el festín de las aves carroñeras o para ser arrojado a un cajón.
Y reina la desolación, una grande, una que termina abatiéndome.
Y me quedo solo, perdido en mi propio destino, sin lograr despegar mi boca del suelo, imaginando ilusamente poder amarte en mis sueños.
Y espero que vuelvas a llamar y en ello se me pasan las horas, el día y la noche. Y no sucede. Y te busco por toca la casa.
Reviso cada lugar como si jugaras a esconderte y no te encuentro. Sin embargo, huelo tu perfume y me arrastro sigilosamente para intentar sorprenderte. Y por más que te respiro en cada espacio, no estás. Y mis brazos se vuelven inútiles pues al querer alcanzarte se enredan de forma estúpida.
Y me invade la frustración y la angustia.
Y la realidad me golpea el rostro. Y me doy cuenta que te has despedido para siempre, sin retorno, sin misericordia. Y tu rostro se adhiere en mi frente. Y tus manos escapan de las mías. Y me quedo recordando tu saber de tu último beso cuando juraste que me amarías por siempre. Y entiendo que nada es para siempre, menos el amor, donde siempre acecha el terror, la traición y el dolor.
Y tu adiós se apodera de mi cuerpo. Tiemblo, sudo y pierdo la orientación. La tristeza se agiganta y me aplasta, me devora sin sutilezas ni miramientos de ningún tipo y me deja botado en un rincón, sin fuerzas de voluntad, disponible para el festín de las aves carroñeras o para ser arrojado a un cajón.
Y reina la desolación, una grande, una que termina abatiéndome.
Y me quedo solo, perdido en mi propio destino, sin lograr despegar mi boca del suelo, imaginando ilusamente poder amarte en mis sueños.
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